Mérida es una ciudad que uno pueda darle varias miradas. Se puede mirar desde el norte, cuando desciende de los páramos y el aire frio le entumece el cuerpo y le libera el alma. Pero cuando la mira desde el sur, su calidez y humedad lo deja a uno sin aliento.
Por el norte, cuando uno baja por los pueblos andinos en cada uno de ellos, encuentra que la bruma le acaricia la cara y le corta la respiración. Es como detener el tiempo y asombrarse por cada instante de vida que brota en el páramo. Es como ver correr una gota de roció por la aterciopelada hoja de un frailejón. Con un poco de paciencia uno puede ver como el serpenteante camino es como pasearse por el cuerpo de una mujer, uno se desliza suavemente, sin mucha prisa
Y la imaginación se vuelva fabula y trasmuta realidades en sueños. Por un lado, se puede mirar desde los picos y son como prominentes senos de la mujer amada y su descenso produce vértigo. En ese transitar la brisa arrastra sus aromas y sus fragancias y cada porción de tierra grisácea deja traspirar su esencia y su vitalidad.
Y si es por el sur, se puede recorrer todo su cuerpo siguiendo sus aromas. Pero es como el café. Se pueden recorrer en cuerpo entero por sus aromas, unas veces y por sus fragancias otras. Pues los aromas del café se despliegan únicamente bajo el efecto del calor, durante la torrefacción y así pasa cuando uno entra por el sur. Es Un fenómeno complejo de mutaciones entre proteínas, ácidos e hidratos de carbono que provoca la emanación de muchísimos aromas. Se pueden contar hasta un millar de compuestos aromáticos diferentes en el cuerpo de Mérida y su gente.
Pero también, es a ratos beata y a ratos lujuriosa. Pues así es Mérida, es intima. Es en esencia como una mujer. Durante el día la ciudad y su gente se dedican a hacer obras de caridad y se aleja de los placeres mundanos; pero apenas llega la noche Mérida ofrece una lujuria de aromas y sonidos exóticos para el visitante y se hace cómplice de los avatares de la noche. Así es Mérida.